La explosión de la pantalla ante sus ojos no fue un simple reflejo de una victoria o derrota inmediata, sino una promesa de que la verdadera batalla apenas comenzaba. El contador en la pantalla parpadeaba con una intensidad frenética, cada segundo acercándolos más a un destino incierto, a un juego en el que, tal como Felipe había dicho, todo estaba por cambiar. La cuenta regresiva marcaba un reloj implacable: 10 minutos. No había tiempo que perder.
Sofía sintió un escalofrío recorrer su espalda