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Todavía estaba ahí, con Benicio medio echado en mi regazo, cuando oí el portón golpear allá abajo y la voz de mi madre:

—¡Heloísa, cierra bien esa mierda de portón, muchacha! —dijo Verónica.

Y al momento, apareció en la puerta de la sala, con esa cara de quien ya llega sabiéndolo todo. Heloísa era así desde pequeña: observadora, metida y con esa mirada que atraviesa a cualquiera.

—Buenas tardes, eh. Ni para abrir un zumo, un café, qué sé yo —dijo Heloísa.

—Vete a freír espárragos, muchacha. Aca
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