Luna
El sol ya casi se estaba poniendo cuando llegamos a la calle principal del barrio. La subida siempre pedía esfuerzo, pero Benicio iba saltando delante de nosotras, como si tuviera batería infinita. Yo, Tatiana y Heloísa ya estábamos sudando, riendo y resoplando con el peso de las bolsas.
—¿Este mocoso no se cansa, no? —dijo Tatiana.
—Ya ves, es hijo de quien es, ¿no?… —respondió Heloísa.
Fue entonces cuando él se paró de repente, en medio de la acera. Sus ojos brillaron, y salió corriendo