Palermo, una tarde de verano teñida de oro por el sol que caía sobre los balcones barrocos y las calles adoquinadas. El aire olía a mar, pero también a pólvora, aunque esa mezcla solo los viejos del barrio sabían reconocerla.
Martina se encontraba en la terraza de la casa familiar, un cuaderno sobre las rodillas, los dedos manchados de tinta. Apenas tenía diecisiete años y, sin embargo, la vida le había enseñado a escribir con más miedo que ilusión.
En el salón de abajo se escuchaban las voces