La caja de madera de nogal descansaba sobre la mesa de la biblioteca, bañada por la luz de la luna que entraba por los ventanales. Las incrustaciones de nácar brillaban como si estuvieran vivas, como si la madera misma respirara un secreto que había esperado años para ser revelado. Alejandro había estado mirándola durante horas, sin atreverse a abrirla del todo. La carta de su abuelo seguía en su mano, las palabras grabadas en su memoria como una promesa que, por fin, tenía sentido.
Antonia se