La luz del sol entraba por los ventanales del consultorio médico como un río dorado que se derramaba sobre la mesa de metal, pero no lograba calmar la tensión que flotaba en el aire. Las paredes blancas, el olor a antiséptico, el zumbido de los equipos electrónicos: todo le recordaba a Noah las horas interminables en la celda de Valeria. Pero no estaba en una celda. Estaba en el ala médica de la mansión, sentado en una silla de plástico que crujía bajo su peso, con las manos apoyadas en las rod