La noche se había instalado sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro, tupido y silencioso, cuando Noah se atrevió a salir de su habitación. No fue una decisión planeada. Fue un impulso, una necesidad de sentir algo que no fuera el vacío de las paredes blancas y el eco de sus propios pensamientos. Las piernas le temblaban mientras caminaba por el pasillo, los pies descalzos sobre la alfombra de lana que amortiguaba sus pasos, y las manos, sudorosas, rozaban la pared para no perder el