La noche en la mansión era una bestia que respiraba en los pasillos vacíos, en el crujido de la madera, en el parpadeo de las luces tenues que iluminaban los retratos de los Montenegro. Noah llevaba horas en la biblioteca, con los mapas del Sindicato desplegados sobre la mesa de caoba y los informes de inteligencia acumulándose a su alrededor como un muro de papel. Las tazas de café vacías se alineaban en el borde de la mesa, testigos mudos de una vigilia que se prolongaba desde el atardecer. E