El regreso a la cabaña fue un viaje de tormenta interior que ninguna calma exterior podía disipar. Antonia manejó con las manos heladas sobre el volante, los ojos fijos en la carretera que se perdía entre los árboles, pero su mente estaba en otra parte. En la mirada de Alejandro cuando le pidió que se quedara. En la sonrisa de Camila cuando le dijo «siempre vuelve». En la carita de Tobías, pálida y frágil, enredado en los cables del hospital. Las imágenes se sucedían una tras otra, como naipes