32. Una sirvienta
Maximiliano
La sospecha es un veneno lento que me recorre las venas en cuanto la veo cruzar el umbral de la enfermería. No ha pasado ni un cuarto de hora desde que la saqué de aquí con la orden estricta de buscar alimento.
Su estómago rugía con la fuerza de un animal hambriento hace unos minutos; era evidente, jodidamente obvio, que estaba desfalleciendo por la falta de comida. Y ahora regresa con las manos vacías, sin una sola bandeja, sin un triste tazón de caldo para el mocoso que descansa