El ritmo de la música llenaba la caravana con un aire cargado, sofocante. Ella podía sentir cómo el pecho de Gabriel subía y bajaba bajo el peso de su cuerpo, cómo su mirada oscura no se apartaba ni un segundo de la suya.
— ¿Sabes lo que me haces, Alexandra? — murmuró él, su voz grave, ronca, tan cerca que la vibración de sus palabras recorrió la piel de su cuello. — Me vuelves loco… me sacas de mí mismo.
Ella arqueó una ceja, sin perder la compostura, aunque por dentro el pulso le martillaba.