Mundo ficciónIniciar sesiónALESSIA:
Sigo todos los movimientos del tipejo, intentando controlar mis pensamientos dispersos. El hombre que me tiene aquí se levanta con calma, con una sonrisa que me provoca náuseas, como si estuviera disfrutando de mi miedo. Pero no pienso rendirme. Respiro hondo y trato de calmar las oleadas de pánico que me recorren el cuerpo.
—Si eres tan macho, ¿por qué no me sueltas? —lo provoco una vez más. —¡Cállate y deja de insultarme, perra! —vuelve a golpearme y me tira del cabello al tiempo que me habla muy cerca del rostro—. ¡Pues para que lo sepas, perrita, le sacaré todo el dinero que me dé la gana a tus padres! Luego, me largaré contigo a un lugar donde me servirás toda tu vida; jamás te dejaré ir. ¡Jamás! Él se acerca lento, como un depredador que acecha sin prisa a su presa. El escalofrío que recorre mi columna casi me rompe, pero cierro los ojos y exhalo con fuerza. *Mantén la calma*, me repito una y otra vez. No puedo perderme en este juego cruel. Porque si algo he aprendido a lo largo de mi vida siendo hija de un Capo, es cómo jugar con los límites de la verdad para ganar otros objetivos. —Me había retirado hace un tiempo, pensando en buscarme una mujer. Y te encontré a ti, viniste solita a mis brazos —sigue hablando el tipo—. Eres mía. Así que es mejor que te acostumbres rápido para no tener que golpearte más. No quiero desfigurar ese bello rostro que posees, mi bella esposa. A partir de ahora, serás mi perra. ¿Te gusta el collar? Y tira de una cadena que está prendida a un collar de cuero negro que me ha colocado en el cuello. Lo miro con odio, pero, contrario a lo que él esperaba —que me pusiera a rogarle—, suelto una estridente carcajada. —Sí que eres estúpido, me convenciste —sigo riéndome mientras lo miro con burla—. Suéltame y puede que te perdonen la vida. Yo nunca seré la perra de nadie, porque soy un dragón. ¡Un dragón! ¡Qué imbécil me has salido! ¡Qué imbécil! ¡Ja, ja, ja! —¡Cállate! —grita de nuevo, fuera de sí—. ¡Sí que eres engreída! ¡Nadie vendrá! ¡Nadie! Pero yo no soy alguien que obedece órdenes, ni siquiera las de mi padre. Así que debo seguir con este juego. Él quiere dinero, no me hará nada hasta que lo consiga. Puedo ver que está un poco desconcentrado. Esperaba encontrar a una jovencita rica y asustadiza, no a mí. Alessia Minetti, entrenada desde que nací para enfrentar cualquier situación. —La próxima vez que elijas una presa, asegúrate de averiguar bien quién es, eso si sales vivo de esta —digo burlona, sin dejar de mirarlo. —¡Ahora la patética eres tú! —ríe de una manera siniestra—. ¿En serio crees que me van a encontrar? Llevo años haciendo esto y nunca lo han hecho. Mejor te haces a la idea de que no volverás a ver la luz del sol por el resto de tu vida. En cuanto cobre el dinero, nos largaremos muy lejos, donde jamás te encontrarán. ¡Jamás! Si no quieres decirme quién eres no importa, de seguro sales en la televisión con tus padres rogándome que te libere. No puedo dejar de soltar una sonora carcajada al imaginar la imagen de mi padre llorando en el televisor. Sería algo… conmovedor. Él me observa desconcertado. Yo sigo riendo con esa imagen en mi cabeza. —Espera sentado —logro decir entre carcajadas—. Mis padres en la televisión llorando y rogando por mí. ¡Ja, ja, ja! ¿En serio no sabes quién soy? —¡Ríete todo lo que quieras! ¡El que ríe último, ríe mejor! —responde furioso, pero noto que me lanza miradas furtivas, desconcertado por mi comportamiento. No es el que esperaba frente a alguien en esta situación. El sudor perla su frente ligeramente mientras tamborilea los dedos en la mesa cercana—. Ya verás. Aunque te lo advierto: no tengo mucha paciencia. Si no me dices lo que quiero saber por las buenas, lo averiguaré por las malas. —¡Nunca te diré quién soy! —le espeto, con la voz cargada de desprecio—. Con una estupidez al día que cometí, es más que suficiente. Pero no te preocupes —murmuro. Y una vez más intento llamar a papá. Me estoy asustando de que todavía nadie me responda. Ahora que veo que el tipo ha cogido un puñal, mis manos tiemblan. Trato de ocultarlo. Papá, ven pronto, por favor. Sigue sin contestar, pero no puedo dejar que este hombre lo note. —Te aseguro que, cuando sepas quién es mi padre… —le dedico una sonrisa fría y una mirada penetrante—. No te va a gustar para nada. —Cada vez me convenzo más de que eres una de esas niñitas ricas caprichosas que creen que, por tener dinero, sus papis dan miedo —se ríe extrañamente—. ¡Sobrevaloras a tu papá, nena! Cuando sepa quién soy yo, él será quien me tenga miedo a mí. —Después no te quejes de que no te lo advertí —le digo, sintiendo al fin cómo vibra la muela incrustada en mi boca. Una vibración. Eso significa que son mis hombres, no papá. Respiro aliviada y sonrío instintivamente. Él retrocede un paso al notar mi reacción. Me observa con ojos entrecerrados, como si evaluara mi amenaza. Apretando la mandíbula aún más, parece dispuesto a lanzarse al ataque en cualquier momento. Mi muela vuelve a vibrar. Mis hombres ya están afuera. De repente, me llena un poco de alivio saber que no es papá quien viene a rescatarme. La vergüenza de esta situación sería insoportable. Quizás hasta pueda convencer a mis guardias de no decirle la verdad. Tal vez solo estaba “dando vueltas en mi moto por Roma”. Quizás logre enmendar esto y largarme a París con la ayuda de mi hermano Kenneth, quien ansía tanto como yo escapar de la vigilancia de papá. Pero ahora no es momento de pensar en eso. Concéntrate, Alessia. Están a punto de rescatarte. La muela vuelve a vibrar una vez y respiro aliviada. Una vibración significa que están a menos de veinte pasos. Y pensar que me negué rotundamente a que me implantaran este aparato. Una vez más debo agradecerle a mi padre. Agudizo mis sentidos mientras el tipo se coloca frente a mí con unas pinzas, dispuesto a iniciar su tortura. Pero yo sé lo que se avecina. Mi muela vibra cuatro veces seguidas. Ahora sé que entrarán. Lo miro burlonamente, con la mirada cargada de desafío. Inicio una cuenta regresiva para enfurecerlo y distraerlo: —Te lo dije, se acabó tu tiempo. Diez… Nueve… Ocho… Siete… Seis… Cinco… ¡Todavía puedes escaparte! —¡Deja de hacer eso, nadie va a venir por ti! ¡Nadie! —me grita, mostrándome la pinza amenazante. —Dos… uno… ¡PUM!






