Mundo ficciónIniciar sesiónALESSIA:
Al escuchar que llevo seis horas desaparecida, me entra el pánico. ¡Seis horas! Alessia, ahora sí de esta no te salva nadie. Tu padre debe tener revuelta a Roma entera y puesto en alerta hasta al último dragón. ¡Demonios!
¡Tenía que escaparme precisamente hoy y hacerme la heroína! Ahora que mamá me había dicho que ya me matriculó en la universidad que quiero en París. Cuando papá se entere de esto, no me va a dejar ir. Ella me lo advirtió, que debía demostrarle que sabía cuidarme sola. ¿Y qué es lo primero que haces, Alessia? ¡Dejarte drogar y secuestrar! ¿En qué lugar estaré que no han dado conmigo en seis horas? Ahora sí estoy asustada; si ha pasado tanto tiempo sin que mis hombres me encuentren, estoy en peligro. Creo que el tipejo sabe lo que hace. Si ellos no me han encontrado todavía, estoy en verdadero peligro. Tengo que volver a llamar a mis guardias, o quizás a mi hermano. Mis abuelos estuvieron desaparecidos por muchos años. ¿Me tendrá en unas catacumbas como los tenían a ellos? ¡Demonio, Alessia! ¿Cómo pudiste ser tan descuidada? No, esto es más serio; pasó mucho tiempo. Nunca había pasado tanto tiempo sin que me encontraran. Suelto todo mi aire; no me queda otra solución que llamar a papá. Respiro profundamente, resignada. Vuelvo a apretar el dispositivo en mi boca, esta vez tres veces. Él ya debe haberse enterado. Aunque que se entere el Capo di tutti i capi, me asusta; no quiero morir aquí en manos de este lunático. Porque aunque papá me adora, a veces se le olvida que soy su hija a la hora de darme castigos, sé que saldré viva de ellos. En cambio, me parece que no saldré de la misma manera si sigo aquí. Es mejor enfrentar al dragón negro furioso que a este loco. ¿Quién me mandó a escaparme? Debí irme para una discoteca de la alta sociedad como me ofrecieron mis chicos. Pero no me rendiré así de fácil; déjame seguir provocándolo, a lo mejor tengo suerte y hace algo que pueda liberarme. —Suéltame y les diré que no te hagan nada, imbécil —le pido, sintiendo un escalofrío al ver cómo acomoda meticulosamente sus instrumentos. —¡Poco hombre! ¡Cobarde! ¡Tú no eres un hombre! ¡Si lo fueras, no me hubieras hecho esto! ¿O es que acaso eres un frocio? Tengo la esperanza de que al menos me suelte una mano. El tipo se gira y me da una fuerte cachetada. Luego se queda observándome mientras trato de organizar mi rizado cabello. —Te voy a demostrar muy pronto que no soy homosexual, lindura. ¿Frocio, yo? —ríe mostrando unos ennegrecidos dientes. —¿Es eso lo que quieres? ¿Me lo estás pidiendo? No sabía que fueras tan atrevida. Espera... primero tengo que cobrar. Si me dices por las buenas quiénes son tus padres y cómo contactarlos, te complaceré enseguida. Caerás rendida a mis encantos, eso te lo puedo asegurar; te enamorarás de mí perdidamente, como todas. —¡Imbécil! ¿Crees que una mujer como yo se dignaría a mirar a un pendejo como tú? —Vuelve a golpearme y apretarme la boca furioso. —Vas a tener que aprender modales. Eres muy hermosa; tienes un cuerpo esbelto, se nota que estás entrenada, porque los músculos se te definen muy bien. ¿Quién eres? ¿Por qué no cargas ninguna documentación contigo, solo una estúpida carta con unos pocos miles? —Recorre mi cuerpo con sus asquerosas manos. —Dime quién pagará para que no te corte esta larga y rizada cabellera roja. ¿Cuánto crees que exija por tus lindos ojos verdes? Me gustan así, con esa mirada que las hace brillar por la furia. —¡No me toques, degenerado psicópata! —grito al tiempo que lo muerdo con fuerza en la mano que me acariciaba el rostro. Mientras me revuelvo, tratando de zafarme de las esposas que me tienen bien sujeta a las cuatro esquinas de la cama, siento que me destrozan la piel. Me las apretó muy bien; ni dislocando mi dedo pulgar he podido quitarlas. El tipo vuelve a golpearme, esta vez con mayor fuerza. —¡Si vuelves a insultarme, no seré tan condescendiente! Pórtate bien y seremos felices mientras dure —trata de sonar más calmado. —Y mejor me dices por las buenas a quién debo llamar para pedir tu rescate. Me hace falta dinero, ¡mucho dinero! Y tus padres me lo darán. Me atrapa el rostro y me besa asquerosamente. Lo muerdo con furia, haciendo que suelte sangre de su labio, por lo que vuelvo a ser golpeada. Le escupo el rostro mirándolo ahora con verdadera furia. —¡Maldito, no me toques! ¡Asqueroso! —escupo con rabia. ¿Quién se cree que es para tocarme de esa manera? ¡Soy un dragón, la hija del capo mayor Alessandro Minetti, a la que todos le deben respeto! ¡Nadie me besa sin mi permiso! —¡Perra, ya verás cómo te domo, ya lo verás! —me amenaza mientras se aleja a tomar un pañuelo, limpiándose el rostro y que luego coloca en su sangrante labio. —¡Suéltame o morirás, imbécil! ¿No sabes quién soy? —le pregunto ahora, queriendo intimidarlo con mi padre, pero sin decirlo. —En eso te equivocas, querida. Sé exactamente quién eres. —Me asusto al escucharlo. ¿Será uno de los enemigos de papá? Si es así, estoy perdida. De seguro va a torturarme y no me dejará salir con vida de aquí. Piensa, Alessia, no puedes morir aquí. —Eres la loca pelirroja que se burla de todos los chicos que intentan enamorarla y que se cree la dueña del mundo porque tiene dinero —respiro aliviada al escuchar que no me conoce en realidad—. Te he estado siguiendo hace mucho tiempo. Apareces y desapareces después de ganar en las carreras nocturnas. Pero hoy tu compañero no vino y me aproveché de ti; eres muy ingenua. —¡Te lo advierto! ¡Mi padre va a acabar con toda tu generación! —lo amenazo al ver que no tiene idea de que soy la hija del Capo de todos los capos. —Que lo intente; estoy seguro de que no tiene ni idea de dónde estás. ¿Te escapaste, me dijiste, no? —tuerzo el rostro, sintiéndome una imbécil. ¿Cómo pude soltar la lengua así con un extraño? —Pues si lo que quieres es librarte de tu familia controladora, aquí me tendrás solo a mí. Si estuviera suelta, yo misma me iba a abofetear. ¿En qué estaba pensando cuando solté todo eso a un extraño que acababa de conocer? Cuando papá se entere, ni hablar de mi hermano Keneth. Alessia, estás muerta. Si no te mata este tipo, lo harán ellos. —Eres tan miserable —le digo con desprecio—. Das pena. Confié en ti porque todas las mujeres se burlaban en tu cara. Por eso te acepté la copa, para subir tu autoestima. —¿Quieres decir que me estabas ayudando? —se ríe burlonamente. —No necesito que me ayude una tonta niña. Soy bien macho, no necesito ayuda de nadie. —¿Macho? Permite que me ría, ja, ja, ja… —lo hago estruendosamente, mirándolo con desprecio—. Parecías un carnero perdido en medio de lobos hambrientos. Me río a todo dar mientras llamo de nuevo a papá. Me estoy asustando porque no me ha contestado. ¿No me habrán escuchado?






