—Vamos, solo un bocadito —insistió, bajando la voz al pronunciar el apodo patético que tenía para mí—. Chillona.
Eso me alteró, me sacó de quicio. De un manotazo, le tiré el plato de la mano; el recipiente cayó con un estruendo de cristales rotos.
—Dije que no, ¿qué te pasa?
Detrás del mostrador, cerca de los fregaderos, se escucharon algunas exclamaciones de sorpresa. Audrey dio un paso atrás; la sonrisa se le borró.
—Solo intento...
—¿Matarme? —Fruncí el ceño, hecha una furia—. ¿Por qué me ofr