Lola sonrió a ese hombre.
De pronto, dos brazos fuertes la levantaron del suelo sin esfuerzo.
El hombre la sostuvo contra su pecho amplio, firme y protector, cargándola con elegancia hasta cruzar el umbral y cerrar la puerta tras de sí.
Cuando cayeron juntos sobre la inmensa cama, la frialdad de la noche pareció desvanecerse.
La piel de Lola ardía; la humillación de sentirse engañada le dolía en el alma, pero la presencia imponente de este hombre despertaba en ella una chispa de rebeldía que j