Al día siguiente, mientras removía distraídamente la comida sobre el fuego, me di cuenta de que no había escuchado nada de Azkarion.
Ni una llamada. Ni un mensaje.
Ni una sola señal de que seguía allí, respirando, existiendo en algún punto del mundo.
El sonido del aceite chisporroteando en la sartén me resultaba insoportable.
Todo me resultaba insoportable. Pensaba en él sin querer hacerlo, con esa obsesión silenciosa que nace cuando el miedo se mezcla con el apego.
Me preguntaba si estaba bien, si el dolor había cedido, si la fiebre había vuelto, si había pasado la noche solo… o si ya estaba bien de salud.
Me dolía el pecho con una presión sorda, constante.
No era un dolor físico, era peor: era incertidumbre.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
El sonido me sobresaltó tanto que casi dejo caer la cuchara.
Inés fue la primera en reaccionar.
Caminó hacia la puerta con ligereza, mientras yo me limpiaba las manos en el delantal y sentía cómo algo oscuro se instalaba en mi estómago.