Al día siguiente, mientras removía distraídamente la comida sobre el fuego, me di cuenta de que no había escuchado nada de Azkarion.
Ni una llamada. Ni un mensaje.
Ni una sola señal de que seguía allí, respirando, existiendo en algún punto del mundo.
El sonido del aceite chisporroteando en la sartén me resultaba insoportable.
Todo me resultaba insoportable. Pensaba en él sin querer hacerlo, con esa obsesión silenciosa que nace cuando el miedo se mezcla con el apego.
Me preguntaba si estaba bien,