Caminé detrás de la empleada con una sensación extraña clavándose en mi pecho, como si cada paso me alejara de algo conocido y me empujara hacia un terreno peligroso.
Sus tacones resonaban con firmeza sobre el mármol pulido, y yo apenas podía seguirle el ritmo. No dijo una sola palabra. No volteó. Simplemente, avanzó, segura, como si supiera exactamente a dónde iba… y yo no.
Cuando se detuvo frente al ascensor y presionó el botón, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿A dónde vamos? —preg