Caminé detrás de la empleada con una sensación extraña clavándose en mi pecho, como si cada paso me alejara de algo conocido y me empujara hacia un terreno peligroso.
Sus tacones resonaban con firmeza sobre el mármol pulido, y yo apenas podía seguirle el ritmo. No dijo una sola palabra. No volteó. Simplemente, avanzó, segura, como si supiera exactamente a dónde iba… y yo no.
Cuando se detuvo frente al ascensor y presionó el botón, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿A dónde vamos? —pregunté, intentando sonar firme, aunque mi voz traicionó una ligera duda.
No obtuve respuesta.
Las puertas del ascensor se abrieron con un susurro metálico y entramos. El espejo devolvió mi reflejo: tensa, expectante, con los labios apretados y el corazón golpeando demasiado rápido.
El ascensor subió en silencio, demasiado lento, demasiado cerrado. Cada segundo se estiraba como una tortura suave pero insistente.
Al llegar al segundo piso, salimos hacia un pasillo amplio, elegante hasta lo excesivo.