El aire en la oficina de presidencia se sentía viciado, cargado con el olor a papel viejo y el rancio perfume de las tradiciones que mi abuelo se empeñaba en mantener vivas.
Estaba furiosa, una rabia sorda y eléctrica me recorría las venas.
Ingenua de mí, llegué a pensar que, tras mis meses en Estados Unidos, el abuelo habría olvidado aquella petición absurda, aquel contrato medieval que pretendía venderme como ganado de lujo. Pero no.
El muy astuto ya lo tenía todo listo: las flores, el banquet