Salí de esa habitación casi sin sentir el suelo bajo mis pies. Mis pasos eran torpes, desordenados, como si mi cuerpo se moviera por pura inercia y no por voluntad propia.
Corrí a toda prisa, empujada por una urgencia que no sabía explicar, una necesidad visceral de huir, como si quedarme un segundo más significara asfixiarme lentamente.
El aire me quemaba los pulmones, áspero, insuficiente, y el corazón me golpeaba con violencia en el pecho, marcando un ritmo desesperado que no lograba controlar.
Necesitaba huir de ese lugar.
De esos recuerdos. De mí misma.
Entonces alguien tomó mi mano.
Fue un gesto firme, decidido, que me detuvo en seco.
El contacto me provocó una sacudida eléctrica que me recorrió el brazo hasta instalarse en el estómago, tensa y peligrosa. Intenté liberarme de inmediato, reaccionando por puro instinto: giré la muñeca, tensé los dedos, lista para luchar si era necesario.
No quería mirar. No podía hacerlo. Algo dentro de mí sabía que, si giraba el rostro, nada volve