Salí de esa habitación casi sin sentir el suelo bajo mis pies. Mis pasos eran torpes, desordenados, como si mi cuerpo se moviera por pura inercia y no por voluntad propia.
Corrí a toda prisa, empujada por una urgencia que no sabía explicar, una necesidad visceral de huir, como si quedarme un segundo más significara asfixiarme lentamente.
El aire me quemaba los pulmones, áspero, insuficiente, y el corazón me golpeaba con violencia en el pecho, marcando un ritmo desesperado que no lograba controla