Casi no cené. Apenas probé un par de bocados antes de que el plato se quedara intacto frente a mí, como un reproche silencioso. Tenía un nudo apretado en el estómago, uno de esos que no nacen del hambre, sino del miedo, de la incertidumbre, de la sensación de que algo demasiado grande está a punto de caer sobre ti y no hay manera de esquivarlo.
A la hora de dormir, no fui a la habitación. Me instalé en el sofá, abrazando una manta que no lograba darme calor. Desde ahí podía escuchar la respiración pausada de Inés, dormida en el cuarto contiguo, profunda, tranquila, como si nada en el mundo pesará sobre sus hombros. Cada inhalación suya era regular, confiada. Cada exhalación, una burla involuntaria.
¿Por qué yo no podía dormir así?
¿En qué momento mi vida dejó de pertenecerme?
¿Cuándo todo se deslizó de mis manos sin que me diera cuenta?
Al día siguiente iba a convertirme en la esposa de Azkarion D’Argent. Solo pensarlo me carcomía por dentro como un veneno lento, persistente. Tal vez