Casi no cené. Apenas probé un par de bocados antes de que el plato se quedara intacto frente a mí, como un reproche silencioso. Tenía un nudo apretado en el estómago, uno de esos que no nacen del hambre, sino del miedo, de la incertidumbre, de la sensación de que algo demasiado grande está a punto de caer sobre ti y no hay manera de esquivarlo.
A la hora de dormir, no fui a la habitación. Me instalé en el sofá, abrazando una manta que no lograba darme calor. Desde ahí podía escuchar la respiraci