Azkarion comenzó a reír, su carcajada resonó en la habitación como un viento helado que golpeaba mi dignidad. Su risa era burlona, una melodía que me llenaba de rabia y confusión.
—¿De qué demonios te ríes? —exclamé, tratando de ocultar la vulnerabilidad que comenzaba a asomarse en mi voz.
Él me miró con una intensidad que me hizo sentir pequeña.
—¿Cien millones de dólares? Verena, Verena, me saliste demasiado cara. Resulta que nunca he pagado por servicios sexuales, ¿y quieres ser la primera?
Mis entrañas se revolvieron ante su desprecio.
—Siempre hay una primera vez —sentencié con firmeza, buscando una grieta en su coraza, deseando hacerlo sufrir como él me hacía padecer. Pero, maldición, Azkarion parecía impenetrable.
Él sonrió de nuevo, esa sonrisa que prometía tormentas.
—Pero… hay un problema, Verena. ¿De verdad vales cien millones de dólares? ¿A qué debes tu valor? Cuéntame, ¿qué es lo que te hace tan buena inversión?
Me tensé, sintiendo cómo el juego se volvía peligroso. No deb