Los ojos de Nicandro se clavaron en los míos con una intensidad que rozaba la ansiedad. No era una mirada casual ni cortés; había algo en ella que me hizo tensar los hombros de inmediato, como si su sola presencia alterara el delicado equilibrio que había logrado construir.
—He venido a invitarlos a una cena en mi casa —dijo finalmente—. Mi esposa quiere celebrar esta noche.
Sentí cómo el aire cambiaba a mi alrededor. Antes de que pudiera reaccionar, Azkarion asintió despacio, con esa calma impenetrable que lo caracterizaba.
—Bien —respondió—. Dile a mi tía que estaremos ahí.
Luego, sin variar el tono, añadió:
—Y Nicandro, la próxima vez pide hablar conmigo. No me gusta que otros hombres se acerquen demasiado a mi mujer.
Las palabras cayeron como una advertencia silenciosa. Nicandro lo miró por un instante, evaluándolo, y luego inclinó ligeramente la cabeza en señal de aceptación. No dijo nada más. Se dio la vuelta y se marchó.
Lo observamos alejarse, y fue entonces cuando sentí mi cor