Los ojos de Nicandro se clavaron en los míos con una intensidad que rozaba la ansiedad. No era una mirada casual ni cortés; había algo en ella que me hizo tensar los hombros de inmediato, como si su sola presencia alterara el delicado equilibrio que había logrado construir.
—He venido a invitarlos a una cena en mi casa —dijo finalmente—. Mi esposa quiere celebrar esta noche.
Sentí cómo el aire cambiaba a mi alrededor. Antes de que pudiera reaccionar, Azkarion asintió despacio, con esa calma impe