Al día siguiente desperté casi cuando los primeros rayos de sol se colaban por las ventanas, dibujando líneas de luz tibia sobre la habitación.
Era tan raro… como un sueño que se hubiera filtrado en mi vida real. La sensación era casi onírica, tan delicada y frágil que por un instante temí abrir los ojos y descubrir que todo había sido producto de mi imaginación.
Pero esta vez no había duda: estaba despierta, y esta era mi realidad. Mis párpados se abrieron lentamente, y entonces lo sentí: un calor envolvente, profundo y seguro.
Abrazaba a Azkarion, y él me abrazaba a mí con la misma intensidad, como si nuestras almas se hubieran entrelazado mientras dormíamos.
La sensación era abrumadora, casi irreal, y, sin embargo, cada fibra de mi ser lo sabía: ayer fui suya. Y cuando digo suya, no me refiero a un acto fugaz o vacío.
Lo que pasó entre nosotros, lo que vivimos… lo que hicimos juntos, fue una entrega total, absoluta, un instante donde la pasión y la ternura se habían fundido hasta co