Al día siguiente, fuimos a ver al abuelo Finneas.
El anciano nos recibió con una energía sorprendente para su edad.
Caminaba de un lado a otro del salón con una carpeta en las manos, hablando sin detenerse, como si la boda fuera el acontecimiento más importante de su vida… y quizá lo era. Para él, aquella unión no solo era un matrimonio, era la continuidad de su linaje, la culminación de años de espera.
—Todo está listo —anunció con orgullo—. He hablado con la tienda donde comprarán los vestidos de novia, ya saben exactamente qué mostrarles. La boda será este fin de semana, en el jardín de la casa del bosque. Será una ceremonia hermosa, íntima. He preparado cada detalle para mis nietos.
Azkarion entrelazó sus dedos con los míos. Su mano era firme, cálida, segura.
Yo, en cambio, sentía el pulso acelerado, como si el corazón quisiera escapar de mi pecho. Faltaba apenas una semana para convertirme en su esposa. Esta vez no solo ante la ley, sino ante Dios.
La idea me llenaba de una mezcla