POV Verena
Azkarion estaba frente a mí, rígido, impenetrable, como una estatua tallada en hielo. Su sola presencia siempre imponía respeto, incluso temor, pero esa noche el silencio que emanaba de él era distinto. No era autoridad: era distancia. Y dolía más que cualquier grito.
—Azkarion… —mi voz tembló apenas pronuncié su nombre—. ¡No quiero salvar a nadie! No vine por él, no me entregué por nadie más que por ti. Solo quería que supieras la verdad.
Alzó la mirada lentamente, como si medir cada gesto le costara un esfuerzo consciente.
Luego soltó una risa breve, seca, sin rastro de humor. Aquello me atravesó el pecho.
—¿Y cuál es esa verdad? —preguntó con una calma tan fría que me heló la sangre—. ¿Qué lo amas? ¿Qué lo encontraste aquí “por casualidad”? ¿Qué no dijiste nada porque esperabas el momento perfecto para huir con él?
Negué con la cabeza de inmediato, desesperada, sintiendo cómo el aire se volvía pesado en mis pulmones.
—¡No! —mi voz se quebró—. Yo solo… yo solo tuve miedo.