Lloré. Dios mío… esto era la peor de mis pesadillas.
Cada lágrima que caía sentía que quemaba más que la anterior, como si mi corazón estuviera siendo aplastado por un peso invisible.
La desesperación me envolvía, y no podía pensar con claridad. Solo sabía que tenía que defenderme, tenía que gritar mi verdad, aunque temía que nadie escuchara.
—¡Pero no lo engañé! —exclamé, temblando—. No tengo nada que ver con él, lo juro, Azkarion… solo he estado contigo. Créeme, esto fue una trampa…
Él me miró