Lloré. Dios mío… esto era la peor de mis pesadillas.
Cada lágrima que caía sentía que quemaba más que la anterior, como si mi corazón estuviera siendo aplastado por un peso invisible.
La desesperación me envolvía, y no podía pensar con claridad. Solo sabía que tenía que defenderme, tenía que gritar mi verdad, aunque temía que nadie escuchara.
—¡Pero no lo engañé! —exclamé, temblando—. No tengo nada que ver con él, lo juro, Azkarion… solo he estado contigo. Créeme, esto fue una trampa…
Él me miró. Esa mirada… esa mezcla de ira y decepción me paralizó.
—¿Una trampa? ¿De quién? —preguntó con un tono helado, afilado, casi divertido.
Recordarlo me dolió aún más.
—¡Fue ella! —grité con la voz quebrada—. Fue Inés… ¡Ella enloqueció! Está con Harold… no sé qué le pasa a mi hermana…
Él rio, un sonido frío, cruel, que me hizo estremecer.
—Así que tu propia hermana te condenó —dijo, caminando hacia mí lentamente—. Dices que la niña por la que diste todo, incluso tu libertad, ¿es la culpable de tu