POV Verena
Pensé que podría volver a casa.
A mi departamento. Quería estar en ese espacio pequeño, imperfecto, pero mío, estar en algo que todavía estuviera bajo mi control.
Pero Azkarion nunca tuvo intención de permitírmelo.
Regresamos, sí, pero no al lugar que yo había imaginado en silencio durante todo el trayecto.
No hubo llaves familiares, ni el olor conocido de mis muebles, ni esa sensación tibia de refugio que tanto había añorado.
En lugar de eso, el auto se desvió por un camino privado, flanqueado por árboles antiguos y perfectamente alineados, que parecían vigilar cada metro de nuestra llegada.
La mansión D’Argent apareció ante mí como una declaración de poder.
Imponente. Fría. Absolutamente majestuosa.
Se erguía en dirección a una montaña cercana, como si hubiese sido construida para dominar el paisaje y recordar a cualquiera que se acercara quién mandaba ahí.
No era solo una casa: era un territorio. Un símbolo. La clase de lugar donde las decisiones se toman en voz baja, per