—¿Te arrepentiste?
La pregunta cayó sobre mí como un golpe seco. Mis ojos temblaban, pero mi cuerpo lo hacía aún más. Sentía el corazón desbocado, la respiración corta, como si cada latido me empujara hacia un abismo del que ya no podía retroceder.
—¡Claro que no, Azkarion! —intervino Inés antes de que pudiera responder—. Mi hermana no se arrepiente, ella quiere ser tu mujer.
Giré el rostro hacia ella con una mezcla peligrosa de rabia y desconcierto. ¿Por qué hablaba por mí? ¿Por qué decía esas palabras con tanta ligereza, como si no me estuviera arrancando algo del pecho? Quise callarla, quise gritarle que se detuviera, pero mi voz se había escondido en algún rincón cobarde de mi garganta.
Azkarion no esperó más. Tomó mi mano con firmeza, con esa seguridad que siempre me hacía sentir pequeña, como si mi voluntad fuera algo accesorio. Sin darme opción, me condujo al interior.
—Ya nos esperan —sentenció.
No fue una invitación. Fue una orden.
Caminamos hasta un salón al fondo del edifici