—¿Te arrepentiste?
La pregunta cayó sobre mí como un golpe seco. Mis ojos temblaban, pero mi cuerpo lo hacía aún más. Sentía el corazón desbocado, la respiración corta, como si cada latido me empujara hacia un abismo del que ya no podía retroceder.
—¡Claro que no, Azkarion! —intervino Inés antes de que pudiera responder—. Mi hermana no se arrepiente, ella quiere ser tu mujer.
Giré el rostro hacia ella con una mezcla peligrosa de rabia y desconcierto. ¿Por qué hablaba por mí? ¿Por qué decía esas