Detallé mejor a ese hombre. Su cabello castaño brillaba bajo la luz de la fogata, y su sonrisa era contagiosa.
Sus ojos grises, oscurecidos por la noche, tenían un misterio que me inquietaba. Una mano descansaba sobre su pecho, mientras la otra se extendía hacia mí con un gesto claro, esperaba ser aceptado.
Mi corazón se aceleró. ¡¿Y yo qué debía hacer?! Todo en mí gritaba que debía estar bailando con Seth, no con un desconocido que surgía de la nada.
—Déjame presentarme —habló, con respeto—.