—Bien, descansen.
A la orden de Furr, los humanos soltaron las armas de madera y fueron a sentarse a la sombra. Eran fuertes y hábiles para trabajar la tierra y cuidar del ganado, pero nada sabían de la guerra. Eran obedientes, buenos muchachos. La fiereza que les faltaba se las daría la ardiente y furiosa sangre que le corría a él por las venas, ellos heredarían el brío de su corazón.
—Muchas gracias, Arua —dijo Mars, recibiendo el vaso con agua que la muchacha le ofrecía.
El rudo trato de Furr