Con reticencia, Fara dejó su habitación al ser invadida por la claridad de los primeros rayos del sol. Preparaba el desayuno en la cocina cuando notó la inutilidad de tal labor. Su señor no probaba otro bocado que no fuera su sangre de vez en cuando y el joven Alen había muerto miserablemente durante la madrugada. El horror en aquella lúgubre casona sería difícil de sobrellevar sin la compañía del muchacho. Y los alimentos que preparaba ya sólo serían para ella, que ni hambre tenía.
—Iré al pue