Ante la verdad sobre el origen de Lis, Furr soltó una risa sardónica, aferrándose la cabeza.
—¡Y yo me quejaba cuando creíamos que era hija de Camsuq! ¡Qué maravilloso gusto tienes, Desz! ¡¿Por qué mejor no nos matas a todos y le entregas nuestras cabezas el enemigo de una vez?! Nos ahorrarías tiempo.
—Basta, Furr —pidió Mel.
—No lo sabías, ¿verdad? ¡Ella ni siquiera te lo dijo y la trajiste aquí con nosotros!—siguió reclamando Furr.
Desz se mantenía en silencio, estoico, pese a la turbulenc