La fiebre había menguado bajo los cuidados de su señor, mas el ánimo de Alen seguía siendo sacudido por las escenas fragmentadas del misterioso encuentro que se arremolinaban en su cabeza. Y la urgencia imperiosa de correr al bosque no le daba tregua.
Un dolor punzante en la muñeca lo tensó, pero fue incapaz de abrir los ojos. La sensación de estar siendo vaciado lo confundió todavía más y pronto estuvo demasiado débil como para pensar siquiera. No podía ni mantener la cabeza erguida, igual que