La luna llena iluminaba el pálido rostro del niño cobijado bajo la manta tejida por las talentosas manos de su madre. Era una noche fría y su cuerpo se mantenía caliente, las llamas del fogón proporcionaban a la pequeña casa un ambiente apto para pasar las noches de invierno. Ubicada en el valle que nacía al alero de las montañas tras las que se hallaba Balai, tenían buen tiempo la mayor parte del año, no como sus vecinos balaítas.
—Buenas noches, mi dulce niño.
La mujer le plantó un beso en la