Mundo ficciónIniciar sesiónGiselle cerró la laptop con un chasquido seco y se dejó caer sobre el espaldar de la silla, agotada.
Finalmente, sentía que había llegado el momento de disfrutar de sus esfuerzos, o al menos, de reclamar su vida.
Tomó la carpeta de cuero negro y se dirigió a la oficina del CEO. Sabía que Marcel aún debía estar allí.
Al llegar, notó que la puerta estaba mal cerrada. Antonia estaba sentada sobre él, susurrándole al oído. Ambos se sobresaltaron, pero al notar que era ella, la expresión de Marcel pasó del deleite al más absoluto fastidio.
—Disculpen la interrupción —dijo Giselle, manteniendo la voz firme—, necesito entregarle unos documentos y que hablemos sobre ello ahora mismo.
Marcel suspiró y, con un cuidado que nunca tuvo con Giselle, apartó a Antonia de sus piernas, tratándola con una adoración casi religiosa.
—Siempre tan inoportuna, Giselle —escupió Marcel, ajustándose el saco—. ¿Acaso no ves que estoy ocupado? Seguro que tus "urgencias" pueden esperar. Déjalo en el escritorio y vete.
—No puede esperar, Marcel. Tenemos que hablar del futuro de esta sociedad y del nuestro.
—¿Nuestro? —se burló él, mirando su reloj—. No hay un "nosotros". Solo hay un contrato. Déjalo ahí.
—Tengo la solución —interrumpió ella, sacando un documento de la carpeta y deslizándolo sobre el escritorio—. Es el acuerdo de divorcio. Es lo mejor para ambos; es momento de seguir adelante tomando caminos separados.
Antonia, que se retocaba el labial a un lado, dejó escapar un brillo de emoción en los ojos que hizo que el estómago de Giselle se revolviera.
Marcel, sin embargo, ni siquiera tomó el bolígrafo.
—Sabes perfectamente que nuestro matrimonio es un negocio —dijo él, poniéndose de pie y devolviéndole el documento con un gesto despectivo—. No es algo que podamos deshacer por un capricho tuyo. ¿De verdad crees que si fuera tan fácil no lo habría hecho yo hace mucho tiempo?
—Nuestros intereses van en direcciones opuestas, Marcel —Giselle cerró los puños a los lados, sintiendo el sudor frío en sus palmas—. No veo el problema. Hablemos con los abogados, busquemos las cláusulas de salida. Alguna solución debe haber para terminar con esta farsa.
Marcel no respondió con palabras. En su lugar, tomó a Antonia de la cintura y la atrajo hacia él, dándole un beso apasionado y lento frente a Giselle. Fue una humillación calculada. Al terminar, unió su frente a la de su amante.
—Cuánto deseo que todo fuera distinto —susurró él, lo suficientemente alto para que Giselle escuchara cada palabra—. Que la solución fuera sencilla para tener como esposa a la mujer que de verdad amo... y no a una aprovechada oportunista que solo sabe interrumpir.
Giselle no esperó a oír más. Dio media vuelta y salió disparada de la oficina. Sentirse humillada ya era algo habitual desde su noche de bodas, cuando él le dejó muy claro cómo serían las cosas.
Dos años atrás
El silencio dentro de la limusina era sepulcral mientras se dirigían al hotel. Giselle, con su vestido de novia aún puesto, miraba por la ventana las luces de Valencia. Marcel ni siquiera se molestó en mirarla antes de soltar el veneno.
—Dejemos algo en claro, Giselle —dijo él, aflojando su corbata con violencia—. Aunque estaremos atados a este matrimonio por los negocios de nuestros padres, no estoy obligado a consumarlo.
Giselle lo miró sorprendida y avergonzada. Sabía que no se querían, pero no esperaba tanta crueldad.
—Marcel, yo…
—No te molestes —la interrumpió él con una risa amarga—. Apuesto a que ni siquiera sabes cómo satisfacer a un hombre. No pierdas tu tiempo intentando seducirme.
En cuanto llegaron a la habitación, Marcel ni siquiera intentó ocultar su desprecio. Esa misma noche, llamó a Antonia frente a ella. A partir de entonces, Giselle aprendió a dormir sola, sabiendo que su esposo estaba en los brazos de la mujer que decía amar.
Presente
Minutos después de la escena en la oficina, Marcel acompañaba a Antonia a su auto en el estacionamiento privado.
—Deberías intentarlo, Marcel —dijo Antonia antes de subir—. Han pasado dos años. Su abuelo murió, las cosas han cambiado en la empresa. Es momento de continuar donde lo dejamos.
—Te amo y lo sabes —respondió él, tomando sus manos—. Créeme que si pudiera cambiar las cosas en este instante, lo haría. Pero hay cláusulas en la fusión que aún deben esperar. Ten paciencia, por favor.
—Ya son dos años, Marcel. En la prensa rosa no dejan de catalogarme como "la tercera rueda", la amante... esos comentarios me están destruyendo. No quiero seguir siendo la mala del cuento mientras ella posa como la esposa abnegada.
—Lo sé —prometió él con seriedad—. Y todo va a cambiar pronto. Te lo juro.
Marcel le dio un tierno beso antes de verla marchar. En cuanto el auto desapareció, su expresión se transformó en una de pura irritación. Subió a su propio vehículo y tomó rumbo a la mansión. El solo recordar el atrevimiento de Giselle hacía que su humor se echara a perder.
—¿Cómo te atreviste a irrumpir así? —pensó en voz alta mientras conducía—. ¿Esperando que cumpla tus caprichos de divorcio, ahora que te sientes valiente?
Se rió para sí mismo, golpeando el volante–. Y yo que pensé que el día que por fin le pidiera el divorcio tendría que tolerar un escándalo de su parte por perder su estatus. Por ilusa, Giselle... ni te imaginas lo que te espera.
Al llegar a la mansión, Marcel estacionó el auto sintiendo un torbellino de emociones. No fue directo a la habitación; se dirigió al bar y se preparó un trago fuerte. Necesitaba calmar sus pensamientos antes de enfrentar de nuevo a la mujer que legalmente era su esposa, pero que para él no era más que un obstáculo en su camino hacia la felicidad.
¿Qué pretendes ahora, Giselle? ¿Qué juego estás jugando? —se preguntó, apurando el vaso de un solo trago.







