—¡Dispara de una vez, maldita sea! —gritó Helena, pero las manos de Xavier temblaban sin control.
Un estruendo brutal sacudió el aire fuera de la mansión. Elizabeth se cubrió los oídos y Helena se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano al pecho.
El teléfono de Xavier vibró con insistencia. Era Marcell.
—¿Qué carajos está pasando, Marcell?
—Señor, deben moverse. Ya. Refúgiense en el búnker secreto, en la parte trasera. Nos están atacando... son demasiados. No sabemos quiénes son, ni cómo