EL SR. VICENZO

Christian tomó la mano de Elizabeth y le dio un suave beso en el dorso.

—No tienes nada de qué disculparte, ni de qué sentirte mal, Elizabeth. Todo lo que hago, lo hago porque te amo. Estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario, pero voy a liberarte de ese maldito animal.

Apretó su mano con firmeza y la guio por un pasillo hacia una habitación al final. Sin embargo, ella no avanzaba.

—No puedo huir ahora mismo. Sabes que están mis hijos; él… él podría hacerles daño. —El solo pensamiento de l
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