—¿Señorita, se encuentra bien? —preguntó el hombre con un dejo de preocupación.
Elizabeth se incorporó con rapidez, alisó su falda con torpeza y asintió.
—Sí, gracias. Esta gente es... una salvaje —murmuró, aún con el ceño fruncido.
Fue entonces cuando notó los guantes de boxeo que el hombre sostenía. Sus mejillas se tiñeron de rojo al comprender que probablemente él también formaba parte del espectáculo. Acababa de abrir la boca sin pensar.
—Lo siento... yo no quise—
—No te preocupes —la in