Elizabeth cerró la puerta de la mansión de un portazo, furiosa. Pero no era la única que ardía en cólera. Xavier la esperaba en la sala de estar, sentado con una copa de alcohol en la mano. Su mirada era impasible, desafiante.
—¿Entonces siempre supiste de las peleas clandestinas en el bar? —espetó Elizabeth sin siquiera saludarlo, apuntándolo con el dedo.
—Por supuesto —respondió él, encogiéndose de hombros—. Es mi bar. Siempre he estado al tanto. Deja demasiadas ganancias. Han existido desde