Llegué al rancho poco después del mediodía con una sensación extraña instalada en el pecho. Durante todo el camino de regreso había intentado convencerme de que no me importaba, de que la reacción de mi madre no tenía poder sobre mí y de que ya era una mujer adulta con una vida propia. Sin embargo, mientras más repetía aquello en mi cabeza, más evidente resultaba que me estaba mintiendo. Me dolía. Me dolía mucho más de lo que quería admitir.
La señora Ortega intentó preguntarme cómo había ido l