Una semana había pasado desde lo ocurrido con mi padre.
Siete días completos de reposo, vitaminas, medicamentos, visitas constantes de la enfermera y órdenes de Julián de no hacer absolutamente nada que pudiera “estresarme”.
Y honestamente…
Ya estaba harta.
Harta de la cama.
Harta de la enfermera siguiéndome hasta para bajar las escaleras.
Harta de sentir que todos me observaban como si fuera de cristal y pudiera romperme en cualquier momento.
Pero sobre todo…
Extrañaba a mi familia.
Aunque son