El corazón seguía latiéndome absurdamente rápido incluso después de que Julián apartó la mano de mi rostro.
Y lo peor era que él parecía no darse cuenta del efecto que tenía sobre mí.
O quizá sí.
Porque sus ojos permanecieron clavados en los míos unos segundos más antes de desviar apenas la atención hacia Raúl.
—¿Ya terminaste de meter ideas raras en la cabeza de mi esposa?
Raúl soltó una carcajada inmediata.
—Hermano, yo no necesito hacer nada. La pobre mujer ya está completamente perdida cont