Mariana terminó yéndose unos minutos después.
No hubo abrazos.
Ni reconciliaciones.
Ni siquiera una despedida real.
Simplemente bajó los escalones del pórtico con los hombros tensos y los ojos todavía húmedos mientras yo permanecía inmóvil viendo cómo se alejaba hacia la camioneta. El sonido de la puerta cerrándose resonó con fuerza en todo el frente del rancho y segundos después el motor arrancó levantando polvo sobre el camino principal.
Me quedé observando el vehículo desaparecer a lo lejos