Julián mantuvo la mano sobre mi abdomen unos segundos más, como si necesitara sentir por sí mismo que seguíamos allí. Que seguíamos vivos. La tensión de hacía unos minutos seguía flotando entre nosotros, pesada, incómoda, mezclándose con algo mucho más íntimo que no sabía cómo nombrar.
Yo todavía estaba intentando procesar todo.
Mi padre golpeándome.
Lorenzo disparándole.
Raúl “resolviendo” las cosas.
Y Julián… Dios. Julián hablándome con aquella calma peligrosa que me hacía entender que era ca