A primeras horas de la mañana, ya estaba listo para ver la lucha.
Me sirvo un poco de agua para tomar mi medicamento de forma religiosa aunque no le veo la lógica.
Mi cuerpo, traidor, me recordaba cada hora que el reloj no se detenía, pero mi mente seguía disfrutando del ajedrez.
Estaba sentado en mi despacho, el aire saturado de un silencio tenso.
Arya estaba a mi lado, rígida, sosteniendo una carpeta.
Ella siempre atenta, me vigilaba en cada paso que yo daba por la mansión o la empresa.
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