La llegada de Maximiliano esa mañana llamó la atención de empleados y socios.
Yo iba de su brazo, con una minifalda de cuero que dejaba ver mis torneadas piernas, un abrigo de piel que costaba más de lo ganaba una modelo en un año.
El taconeo de mis zapatos italianos rompió el silencio de la recepción del grupo Altamirano.
Esa llegada adelantada no podía pasar desapercibida, quería que todos me vieran.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron me relajé un poco.
Él dejó a un lado la fachada