116- Las marionetas

Cuando volví en sí, Maximiliano gritaba mi nombre y me daba palmadas suaves en las mejillas.

Yo estaba muda de la rabia, entrecerré los ojos y un par de lágrimas salieron en forma espontánea.

Mi prometido me cargó y me colocó con suavidad en la cama de Celeste.

A los gritos de auxilio de mi novio acudió la sirvienta.

—Trae agua, rápido —le dijo Maximiliano.

La mujer bajó las escaleras asustada, ella le avisó a Tamara de mi desmayo.

Pasaron un par de minutos donde me mantuve con los ojos cerra
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