Cuando volví en sí, Maximiliano gritaba mi nombre y me daba palmadas suaves en las mejillas.
Yo estaba muda de la rabia, entrecerré los ojos y un par de lágrimas salieron en forma espontánea.
Mi prometido me cargó y me colocó con suavidad en la cama de Celeste.
A los gritos de auxilio de mi novio acudió la sirvienta.
—Trae agua, rápido —le dijo Maximiliano.
La mujer bajó las escaleras asustada, ella le avisó a Tamara de mi desmayo.
Pasaron un par de minutos donde me mantuve con los ojos cerra