—¡No lo hagas! —El grito salió como una amenaza. ¡No te atrevas!
El café caliente me había quemado la pierna y me ardía mucho.
Maximiliano sacó un pañuelo del bolsillo de su traje y me secó. Su mirada me decía que no hablara más, yo lo ignoré por completo y me puse de pie, furiosa.
Solo pensaba en defender a Celeste de esa víbora. Tamara estaba allí con la boca abierta, mi reacción la había dejado sin palabras.
—Es una niña, ¿Saben el daño psicológico que le pueden causar al despegarla de su en