Adrián carraspeó, se le notaba la incomodidad, mi hija salió en su ayuda.
—¿Qué les parece si hacemos un brindis por la paz y la reconciliación familiar?
Todos le seguimos la corriente, la única que está libre de tensiones era Celeste que en su inocencia no sabía nada de las intrigas y problemas de los adultos.
La cena transcurrió bajo una atmósfera de cordialidad tan perfecta que resultaba hipócrita.
Yo era el anfitrión ideal: reía con las anécdotas vacías de Adrián, servía el vino con mano