—Querida, te prepararé un rico desayuno.
Maximiliano me tomó por la cintura y me besó el cuello.
No se dio cuenta del gesto de amargura que hice. Yo no quería ni siquiera que me tocara.
Después de lo que descubrí anoche se me hace difícil perdonarlo.
—No tengo hambre, me cité con la planeadora de bodas.
—En ese caso, anda sin que nada te detenga.
No me reí de su chiste. Él me dio un beso en la mejilla.
Baje del auto con mis lentes oscuros, para ocultar mis ojos enrojecidos.
El café del centro